jueves, 23 de noviembre de 2017

Sonrisa de Cheshire


¿Qué te falta, sombrerero loco?
Aquí tengo para hacerte feliz una vieja chistera llena de pequeños detalles,
grandes como galaxias de Andrómeda.
Porque se puede ser feliz con muy poco, ¿sabes?
Con un chasquido de palabras puedo hacer que florezcan ante ti los árboles del paraíso
o trescientas barritas crujientes de chocolate
o un vals de Chopin.
Lo que necesites en cada momento.
Al conejo blanco le gustan los relojes porque piensa que siempre tiene algo que hacer,
como si no pudiera descansar un ratito para tomar té
o deleitarse con el baile de las pelusas que se arremolinan en las calles.
Hasta las pelusas tienen sentimientos.
La oruga fumaquetefuma porque sabe que las cosas que brillan demasiado son cortinas de humo,
y espera convertirse algún día en mariposa de altos vueltos.
La reina tiene el corazón en un puño,
y lo aprieta con la mirada perdida como si fuera una pelota de esas antiestrés.
Ya ves, cada cual tiene sus manías.
A mí me gustaban los reinos descomunales, los océanos,
los palacios con sillones orejeros,
los amaneceres soleados,
los amores cosidos como un traje a medida.
Y hoy solo quiero ser hoguera,
sonreír en la oscuridad como el gato del país de las maravillas,
brindar con tenedores y cucharillas de café,
y levantar imperios con una simple metáfora.

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