lunes, 27 de diciembre de 2010

Disyunción copulativa


Anochece.
Amanece.
Y el cielo está nublado otra vez. Y abro un ojo, y frunzo el ceño, y me incorporo entre letargo y desconcierto. Y apoyo el pie izquierdo en el suelo, y son doscientos grados bajo cero los que me clavan las puntas de sus dedos. Y se enfrían las costuras de la almohada, y se hielan los caprichos de los sueños. Y dibujo la resaca en el espejo, y le ladro como un perro sin bozal, ni collar, ni dueño alguno. Y regresa el café amargo al desayuno, y los cubiertos impares a la mesa, y las servilletas sin carmín a la basura. Y cocina el silencio su plato estrella al mediodía, y se oxidan cerraduras en los bares, y se inmolan las agujas en relojes homicidas. Y se seca la saliva en el fondo de los vasos, y se incendia entre mis labios marihuana y nicotina, y le robo el norte al rumbo de mis pasos. Y se fuga la cordura, y se esconde tras el telón de cada esquina. Y se acomoda, y se gangrena en soledad, en el círculo polar ártico de mi alcoba.
Y anochece
Y amanece.
Y el cielo está nublado otra vez. Y abro un ojo, un día más, sin ser tú lo primero que veo al despertar.

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