miércoles, 13 de enero de 2010

Arena

Se despertó con los ojos pegajosos y enrojecidos. No vio nada excepto oscuridad.
(“Jess, enciende la luz. Ya sabes que la lámpara está en tu mesita de noche. Vamos, tenemos que recorrernos todos los bancos de Nueva York hoy mismo. Joder, tengo la sensación de que he dormido diez minutos de mierda.”) Levantó la cabeza y se golpeó con violencia en la frente. La convulsión hizo que deslizara la mano derecha sobre lo que, hasta ese terrible momento, creía que era el colchón que había comprado en Macy´s tres meses atrás. A Jess le parecía amplio y cómodo, justo lo que necesitaba para dormir a una buena distancia de su marido. Y a él lo único que le importa últimamente era poder sacudirse la frustración que llevaba encima con buenas dosis de sexo. Gritó de dolor cuando una poderosa astilla le atravesó la palma de la mano con la misma facilidad que emplea un cuchillo para hundirse en la mantequilla.

Y entonces lo comprendió todo.

(¡Aquella mujer lo había hecho, al fin!) Su rostro relampagueó en su cerebro como una fusta helada. Y la vio reír y llorar al mismo tiempo, vestida con el traje de novia heredado de su madre y un ramo de rosas blancas en la mano. Aquella mujer era el prototipo perfecto de belleza y vulgaridad, una esposa sometida al yugo dominante que un pez gordo de Wall Street podía permitirse con su cartera. Ella paró de reír y llorar y carraspeó. Después se quitó el vestido de novia y dejó desnudos sus pechos, con aquella nube de lunares tan graciosa que tenía cerca del pezón izquierdo. Él se acordó de la primera vez que los besó, en la cama de su piso en La Quinta Avenida, que después se convertiría en la cama de ambos.
(¡Aquella mujer lo había hecho! ¡Jess lo había enterrado vivo!)
Ella sabía, desde sus primeras citas, que la muerte más aterradora para ese viejo banquero de Wall Street era ser sepultado bajo toneladas de arena, en un cubículo suficientemente espacioso como para otorgarle unas pocas y espantosas horas de oxígeno. Aquella mujer se había despojado de sus grilletes y había gritado al planeta que ella sí existía. Ahora la veía vociferar con la boca bañada en sangre, salpicando de pequeños coágulos las impolutas rosas blancas. Y vio que la nube de lunares cicatrizaba en un humeante círculo impecable.
Recordó el primer golpe que la propinó. Entró en casa de madrugada dando tumbos después de toda una noche en el bar de Clyde. (¡El cabrón de Clyde! ¡No le había dejado pagar ni una sola ronda, él fue el causante de aquella borrachera!) Se echó al lado de Jess y se encendió un habano. Después comenzó a masajearla los muslos y los glúteos bruscamente mientras gemía y aspiraba el humo de aquel delicioso veguero. Jess se despertó y se apartó de él asustada. Pero esa noche él no estaba dispuesto a perder la oportunidad de desfogarse entre las piernas de su mujer. Jess pataleó y se resistió hasta que la mano de su marido aterrizó súbitamente en su boca. La violencia del impacto le hizo saltar las lágrimas al momento, pero no tuvo fuerzas (ni coraje) para seguir luchando. Cuando él acabó, Jess le escupió en la cara. Él aplastó el habano en su pecho izquierdo, justo encima de aquellos lunares que una noche, en aquella cama, se había prometido besar todos los días de su vida.
Perdió una inversión de once millones de dólares a la semana siguiente, y su estratosférica carrera se apagó tan deprisa como había empezado. Tom Galliger (Tommy Gulliver para Jess, que le comparaba con un gigante en tierra de enanos rebeldes) no supo ver desde cuándo ni por qué, pero el bar de Clyde se había convertido en su válvula de escape. Cuando su instinto de codicia le quiso reactivar, ya era demasiado tarde.
Y su mujer, aquella mujer que por fin le había enterrado vivo, seguía gritándole en aquel ataúd que ya había descargado suficientes puñetazos sobre su cara. Y entonces, el viejo pez gordo de Wall Street se echó a llorar desconsoladamente, y se dio cuenta de que la estaba profundamente agradecido.

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