jueves, 21 de agosto de 2008

Menstruación Global

El universo se rige por medidas abstractas. Baremos incalculables, impredecibles, inefables, la mayoría disfrazados de estúpidos pasatiempos que nos mantienen ocupados mientras en otra parte del planeta alguien nos odia o nos ama. O eso dicen algunas cadenas de emails, habrá que aferrarse a algo. En algún otro lugar de esta dimensión alguien está haciendo lo mismo que yo, leyendo el periódico y escribiendo en pijama, buscando descifrar esas misteriosas pautas que encarrilan el género humano hacia el cielo o el infierno, nunca lo sabremos realmente.

El problema viene cuando las pautas se ponen de acuerdo y deciden manifestarse a la par, como una estampida de elefantes furiosos, una supernova. Así explotan las estrellas, como las mujeres, porque ellas sí pueden pactar con garbo, en secreto o a voces, cuándo cambiar las reglas y gobernar a su antojo. Cuenta la mitología de nuestro siglo que si todos los chinos saltaran a la vez la Tierra se desplazaría de su órbita, provocando catastróficas consecuencias. Esto es muy serio. O no. Depende de los chinos. Pero de quien debemos tener miedo es de ellas. Cuando todas fruncen el ceño y agrietan los labios llegamos al culmen del Apocalipsis. Es la llamada Menstruación Global.

En ese punto, donde cualquiera de ellas dispara obuses con la mirada y escupe sapos, es mejor escapar, lejos, muy lejos. Incluso rezar. Porque no se puede negar su evidente sexto sentido para hablar y asesinar con un leve vistazo. Ni tampoco su capacidad extraterrestre para levantarse de mal humor y acostarse aún peor. En lenguaje masculino, casi soezmente, se diría que les acaba de bajar el período. Tampoco se puede negar. El fatídico día de la Menstruación Global ocurre cada muchos años, como las glaciaciones, pero es un fenómeno que se acrecenta con el paso del tiempo, con el cambio climático y la expansión del bakalao. Ya se nos va de las manos.

Y es que, aunque se atrevan a desmentirlo, todas siguen el mismo manual de instrucciones. Por eso no es de extrañar que mañana mismo se dé otra Menstruación Global, azotada por el “todos-los-hombres-son-iguales” o por el amigo mascota que las agobia en silencio. Si se alinearan los planetas, las hienas rugieran a los leones, los chinos saltaran juntos y abrazados y dios existiera, es entonces cuando merecería la pena lidiar a su lado. Mientras tanto, aguardemos aterrorizados a que el manual que llevan bajo la axila tres mil quinientos millones de mujeres se abra al mismo tiempo…

sábado, 12 de julio de 2008

Tormento

Ya me lo han dicho en bastantes ocasiones (la última hace escasas horas) y sigo sin hacer caso. Me he equivocado de profesión, sentencian. Yo permanezco impertérrito, por lo menos aún. Pero cuando uno tiene tiempo para reflexionar en estado de relajación, tumbado en la cama vamos, comienzan las llamadas “voces del tormento”, algo así como una batería de cavilaciones nada alentadoras. No hay más que ver que todas las chicas de OT cuyas voces no dan ni para formar parte del infame Al pie de la letra, ya se han despojado de sus ropas en Interviú y se han embolsado un buen taco para sus vacaciones veraniegas.

Esto no es algo nuevo, pero las voces del tormento son cada vez más graves y lúgubres. Y es que ya se apuntan a la sesión fotográfico-lasciva las de Gran Hermano, las políticas, las cantantes, las árbitros de fútbol, las nadadoras profesionales, las vedettes de los 70, las modelos fracasadas, las modelos de millonettis, las militares, las actrices deplorables… una infinidad ya saben cuál es el valor de sus carnes, y no es precisamente un módico precio.

Pero posar en las revistas tal y como vinimos al mundo necesita que los demás, pobres corderos degollados esclavos de la lujuria, compren esas publicaciones. Aunque bueno, potencialmente están adquiriendo una prueba fehaciente de que el Photoshop funciona, con errores catastróficos en la mayoría de los casos y justificando que aunque a muchas monas las vistan de seda, gorilas se quedan. ¿Será un error el ser periodista? ¿Es más fácil someterse en pelotas a la tiranía de la opinión pública para sacarse los cuartos? ¿Y agacharse debajo de la mesa del jefe?

No sé las respuestas a las preguntas del tormento, pero las voces angustian más que aquellos agoreros de los que hablaba al principio. De hecho, yo ya me estoy planteando ponerme pechos, quitarme el miembro y saltar a la palestra del casposeo de los 2 rombos.

viernes, 11 de julio de 2008

Engaño

Con franqueza diré: Nos están engañando. Así de fácil es decirlo, lástima que sea tan complicado de digerir. Primero leo por ahí que el cine español ha recaudado este semestre el doble en taquilla que el año pasado durante el mismo periodo. Hasta ahí vale. Pero veamos las películas: Mortadelo y Filemón: Misión salvar la Tierra, 7,7 millones de espectadores. Sería perfecto si no fuera porque todos esos espectadores se tiraron de los pelos a la salida del cine tras haber tirado 6 euros a la basura. Los crímenes de Oxford, 8 millones y pico. Según su ficha es una coproducción de… ¡3 países! Pero Dios me libre de mancillar el nombre de Álex de la Iglesia. Aún así la noticia no sé que pretenderá, no se puede resucitar a los muertos y nuestro cine ya disfrutó hace mucho de su sepelio, algo cutre por cierto.

Pero esto no tiene nada que ver con el asunto de hoy, sólo es algo que necesitaba destacar. Lo que sí interesa es el engaño, ese concepto tan sutil y tan patógeno para los feligreses. Muchas veces es un auténtico honor tratar con un embaucador profesional, por su capacidad para fascinarnos con sus historias y su enorme facilidad para creerse sus propias mentiras. Pero hay que tomárselo con filosofía, imaginando por ejemplo que estamos asistiendo a una obra de teatro callejera.

El engaño es como eructar ruidosamente en un restaurante. Todo el mundo puede hacerlo, pero es políticamente incorrecto. Sin embargo, los gases del estómago son muy traicioneros y les gusta hacernos creer que pueden hacernos reventar si no los expulsamos. Así que uno decide, o revienta o comete un acto impuro. El engañar es una necesidad biológica, un puro trámite de los propósitos. Y es algo que puede llegar a convertirse en parapeto o en bayoneta, según el don de gentes de cada uno.

Fe de erratas: El cine español sí puede resucitar, y sin ningún tipo de ritual macabro. No hay más que grabar el día a día de los vendedores de humo que nos encontramos tras el telón. Yo lo financiaría, desde luego. El problema es que nosotros mismos podemos convertirnos en los protagonistas.

miércoles, 9 de julio de 2008

Estrógenos

La especie femenina siempre ha sabido sobrevivir a su entorno. Ya fuera por debilidad de sus adversarios como por picardía propia, lo mismo da, el fin siempre justifica los medios. Y es que ellas se esconden y golpean como un púgil novato, tímido con los puños pero sorprendente en sus estrategias. No es fácil cansar al otro y vencer en la batalla psicológica, cuando el público bosteza, cuando el árbitro no mira, cuando se va la luz en el cuadrilátero. Cuando menos te lo esperas.

Digamos que sus armas son las mismas que las del mosquito. Un puñal y un zumbido. El zumbido avisa de que viene, pero el picotazo siempre molesta después. La picadura no acepta paliativos y no distingue de víctimas, no importa cuánto logres evitarla, siempre llega alguna. Y será cuando esa mosquito quiera, no cuando estemos con el insecticida preparado. Es prácticamente imposible salir airoso de un encontronazo con una de ellas, porque sus artimañas para la supervivencia son dignas de elogio.

Debe ser algo de los estrógenos lo que nos hace a los hombres seres inferiores. Por fuerza de voluntad, por dejarnos llevar por la corriente, por nadar contra ella, por buscar demasiadas excusas cuando los mosquitos no las toleran. Ellos vuelan y atacan unilateralmente, no necesitan huestes ni peones para vencer. Hay que emular su astucia y actuar pensando en el siguiente movimiento, sin preocuparse del qué dirán, del cuándo lo dirán, del porqué.

Son tantas las razones por las que nos acabaremos extinguiendo, sexuales o no, que me he construido mi propia trinchera de papel, me convertiré en un auténtico ermitaño de las letras. Siempre he dicho que el ser humano se encuentra en un proceso gradual de desaparición, y no me equivocaba: Los mosquitos dominarán el universo.

Ciclos

En medio de la algarabía popular por los éxitos del deporte español, las mentes inquietas nos planteamos una serie de dudas existenciales. ¿Formará esto parte de alguna estratagema política para unir al país? ¿Por qué dice más de uno que gritar el vivaespaña está sólo bien visto en los periodos de bonanza deportiva? ¿Cuándo es la fecha de caducidad del lema Podemos? ¿Se regenerará la economía por estos triunfos? Son muchas las preguntas y variopintas las respuestas, aunque por suerte a la mayoría no interesan demasiado.

Desgraciadamente, la vida nos envuelve con sus ciclos. Los que perdieron la memoria por golpe, despiste o falta de ganas, ya no recuerdan aquellos momentos de crítica general, donde la lluvia de insultos ahogaba a los que hoy son ídolos de masas. Ayer eran un atajo de inútiles, una panda de vagos y maleantes, un grupillo de acabaos. Resulta curioso comprobar hasta dónde llega la bajada de pantalones de la afición, tan aburrida de los fracasos que un solo triunfo mitifica a los repudiados.

Pero resulta aún más cómico que nadie se haya dado cuenta de este asunto, o que nadie haya querido resaltarlo, todo es posible, el espanto ya no me duele. Ni hace un año eran tan malos ni hoy son tan buenos. Ahora las encuestas corroboran este giro brusco de opinión. Nuestra selección de fútbol ahora derrocha magia, sienten la roja con una pasión envidiable, juegan como un bloque unido y compacto, se merecen lo que cobran… en fin, todas esas cosas que censurábamos de los jugadores y que hoy se han transformado por completo.

Pero la metamorfosis es un proceso lento y costoso, y requiere un mimo demasiado especial como para tomárselo a la ligera. Racha magnífica, época dorada, sí, lo que quieran, pero nada es eterno. Los que sí deben ser constantes son los baremos a la hora de juzgar.

lunes, 26 de mayo de 2008

Es cuestión de cara o cruz


Decía Javier Bardem tras la gala de los Oscar que necesitaría muchas horas y unos cuantos whiskys para asimilar el galardón recibido. Por fortuna, el cine tarde o temprano pone a cada uno en su sitio como un juez ingobernable, y el destino del actor español no podía permanecer más tiempo desligado de las butacas hollywoodienses. Todo ello gracias a los hermanos Coen, dos mentes pensantes para un único objeto, el cine de culto. No es país para viejos ha aupado a Bardem a lo más alto de la factoría por la suerte de encontrarse en el momento perfecto para aceptar el papel perfecto, ajustado a su medida, moldeado a sus facciones. Al fin y al cabo, todo es cuestión de suerte, de cara o cruz.

El film nos presenta a Anton Chigurh, un asesino ataráxico y despiadado preocupantemente bien interpretado por el flamante ganador de la estatuilla dorada. Y digo preocupantemente porque la puesta en escena es elegante, simbiótica, cuesta creer que Bardem no sea un psicokiller desalmado en sus ratos libres o que al menos lo haya practicado de pequeño mientras sus amigos jugaban al fútbol, juzgando fríamente a sus víctimas lanzando una moneda al aire. Tras él va el sheriff local metido en la piel de Tommy Lee Jones, que presenta los diálogos más profundos y moralistas de la película para ofrecer al espectador una perspectiva distinta a la de la cacería. Un maletín de dinero encontrado por Josh Brolin le convertirá en el punto de mira de Chigurh, que no descansará hasta recuperar lo que es suyo deshaciéndose de cualquiera que se interponga en su camino, moneda en mano y un mortífero compresor de aire a modo de arma homicida.
El juego del gato y el ratón pronto se convierte en algo más serio. Una trama que embelesa por el talento de sus actores, por su planteamiento más que regio y un guión puramente elitista, como si los Coen no tuvieran otra cosa que hacer que convertir las escenas en obras para la galería. Pero el cine preciosista no se sustenta únicamente de la vitalidad de sus articulaciones, necesita que éstas se muevan en equilibrio, en armonía, con facilidad para atraparnos y secuestrar nuestras miradas durante todo el metraje. Aquí cojea; el enganche es débil y la admiración por su exquisitez se va quebrantando poco a poco, derivando en un final descafeinado que deja un sabor de boca agridulce.
Es la cara y la cruz de No es país para viejos. En la balanza se miden la calidad del reparto y nuestra capacidad de aguante. Pero todo sea por ver a Bardem con sus aires de psicópata innato y por comprobar cómo a los hermanos directores les gusta alabarse a sí mismos, escribir sus poemas; lanzar su moneda y tentarnos.

sábado, 12 de abril de 2008

Welcome Miss Alba!!



Ella es un bomboncito californiano con unas gotas de sangre latina (gracias a su padre de ascendencia mexicana), y no hace mucho que fue catalogada como “la mujer con las proporciones perfectas”. Un apelativo muy adecuado, desde luego. No goza sin embargo (ni nosotros tampoco) de los redondeados y pomposos glúteos de la Jenny, pero no los necesita para desatar las fantasías de medio globo terráqueo, incluidos hombres, mujeres, niños y perros. Pero Jessica Alba tiene (al menos aún) los pies en el suelo, mejor aquí cerca que allá arriba, al fin y al cabo es lo que queremos todos, que nos ciegue con su belleza y su estrellato siendo lo más terrenal posible. Y más ahora, que ha cogido carrerilla y saca películas como churros con chocolate, ricos y baratos, aunque por desgracia la veremos poco próximamente al estar de vacaciones, o lo que es lo mismo, embarazada y encima de gemelos.

Pero no es su poderoso atractivo físico lo que más me cautiva, ni mucho menos. El bomboncito ha decidido codearse con el suspense y el terror psicológico después de sus paseos por Sin City, sus aventuras marvelianas formando parte de Los 4 Fantásticos y haber deambulado en el reparto de un par de peliculillas de poca monta. Eso sí es lo que me ha vuelto loco por sus huesos y sobretodo desconcertado por su futuro, pero en este género siempre hay sitio para uno más, no es tan hermético como las comedias o los dramas, donde sólo unos pocos se salvan de la quema. Alguien oyó mis súplicas y metió al bombón en el mundo de los aullidos con The Eye, adaptación de la película japonesa con mismo nombre y misma trama, y con Despierto (Awake, claro), que ha llegado a nuestra comarca con 4 meses de retraso.

La primera de ellas nos presenta a una invidente, adivinad quién interpreta el papel, que se somete a un transplante de córnea que le devolverá la vista y la invitará a dar un paseo por el precioso mundo de los espíritus, las almas en pena y cualquier tópico fantasmagórico que se le ocurra al espectador, o lo que es lo mismo, un guión que se puede escribir perfectamente en el papel higiénico mientras uno hace de vientre. Por suerte los botes son algo inesperados, no por la situación, sino por el momento exacto en que te llevas el sustito. Por lo demás poco que resaltar, la peli está paverseunavez (mientras no sea en el cine) y babear con la protagonista. Perdonad que lo recalque tanto, lo bueno siempre se merece alabanzas.

Por otro lado, Despierto es un producto que se disfraza de suspense del clásico, del que los malos se van desenmascarando poco a poco y te llevas algún disgusto. Empieza sin fuelle (en media hora sólo destaca Alba en la bañera, mojada…) y acaba flojo, pero el nudo es fuerte y engancha lo suyo con sus idas y venidas por el universo paralelo de Hayden Christensen (Anakin Skywalker en las dos últimas guerras galácticas), un joven, rico y guapo empresario ennoviado con el bomboncito y que necesita un transplante de corazón -sí, también es de transplantes-. La anestesia general no funciona en su organismo antes de la operación, por lo que su cerebro permanece totalmente despierto mientras que su cuerpo queda totalmente inmovilizado, pudiendo incluso sentir como el bisturí le abre el pecho y escuchar a los cirujanos como conspiran contra él…

Te doy la bienvenida señorita Alba al género de los gritos y la tensión, aquí te sentirás como en casa y harás las delicias de los retorcidos amantes de esta familia del arte. ¿Ya lo dicen por ahí, no? ¡No te puedes ir de este mundo sin probar de todo, sweety!

miércoles, 20 de febrero de 2008

Recemos por Tim Burton


Bienvenidos al celuloide de Tim Burton. Ese inefable planteamiento cinematográfico imposible de encajar en un sólo género, donde la originalidad no deja a nadie indiferente y la extravagancia es la tónica de sus productos. Sweeney Todd no podía convertirse en la excepción que confirma la regla, pues ya lo fue el abyecto remake de El planeta de los simios donde Helena Bonham Carter conoció al hoy su marido y desde luego auténtico álter ego, el propio Burton. Desde entonces han compartido cama, guiones, pasarelas de los Oscar y por supuesto, excentricidades. Recemos para que sus rarezas continúen impregnando sus menesteres.

Realmente no sé exactamente por dónde empezar a opinar sobre Sweeney Todd. Para calentar motores es necesario resaltar al bueno de Johnny Depp, un actor con alma de rockero que se convirtió en fetiche de Burton desde Eduardo Manostijeras, film que lo lanzó a la fama y al estrellato, que por separado no son lo mismo. Es Depp de esa clase de personas que convierte en oro todo lo que toca, ya sea por su espíritu de rey Midas o por sus maravillosas puestas en escena. Ya puede hacer de corsario loco (Piratas del Caribe), traficante de drogas (Blow), novelista esquizofrénico (La ventana secreta) e incluso interpretar un ratín a un adolescente desangrado por el mismísimo Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street), que siempre lo borda y deja a las muchachas enamoradas entre suspiros (e incluso a algún que otro hombre). A ello ayuda su estilo sobrio, elegante, ambicioso, peculiar y versátil. Demos gracias a Nicolas Cage de tenerle tras las pantallas, que le convenció para presentarse a un casting de la película de Wes Craven cuando en realidad Depp ya había orientado su vida hacia la música. De ahí su alma rockera. Y dicen que viejos rockeros nunca mueren.

En esta ocasión, el papel que desempeña no es otro que el del barbero diabólico de la calle Fleet, Sweeney Todd, basado en el musical del mismo nombre de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler. Cuenta la leyenda de un hombre injustamente encarcelado por un tiránico juez a finales del siglo XVIII, que pretendía arrebatarle como un capricho a su esposa e hija. Tras cumplir condena, Benjamin Barker cambia su nombre por el de Sweeney Todd y vuelve a su Londres natal ávido de venganza, donde no parará de rebanar cuellos hasta poder llegar al juez y desquitarse con sangre. En el retorno a su antigua barbería conocerá a Mrs Lovett (Bonham Carter), fracasada y manipuladora regente de un negocio de tartas, que le ayudará en su camino afeitando nueces. El toque clásico cargado de barroquidades monta los escenarios y los dota de una apariencia visual excelente, un regalo para la vista.

No será éste el único regalo y los oídos gozarán al compás de sus melodías fabulosamente cantadas. Lentas, rápidas, magníficos duetos, serenatas… son muchos los colores que dibujan sus ritmos y los convierten en auténticos desafíos para nuestra inconsciencia, que moverá nuestros labios para tararearlos animosamente. Es lo que tienen los musicales, los corazones estancados aún tenemos a Walt Disney por bandera y a Jack Skeleton por deidad de plastilina. Imborrable la oda de Todd a sus navajas de afeitar, así como la aparición estelar de Sacha Baron Cohen (el desternillante Ali G) canturreando con acento italiano.

A todo esto, la película no destaca precisamente por su variabilidad de estilo y peca de ser (quizás) excesivamente horizontal. Se suceden las canciones y la trama no evoluciona en absoluto, alcanzando las cotas más altas de entretenimiento en su inicio y al final, donde chocarán de golpe varias sorpresas. El segundo acto transcurre por un remanso de continuidad plana y, claro está, melódica. Aún así, me apuesto mis cómics de Goku a que nadie bostezará durante sus 2 horas de duración y más de uno se excitará, ya sea sexual o emocionalmente, con Johnny Depp o con Helena Bonham Carter, lo mismo da, lo importante es excitarse y no estar destemplado.

Es el celuloide de Burton el que se basa en recoger obras y transformarlas en maestras, en crear cajas de Pandora, donde aquel que las abra quedará permanentemente ligado a su gustillo personal y estrambótico. Tesoros, al fin y al cabo. Ahí nos quedan Beetlejuice, Batman, Mars Attacks!, Sleepy Hollow, Big Fish, Pesadilla antes de Navidad, La novia cadáver… son muchas las maravillas de Tim Burton, demasiado largas sus ramas como para esquivarlas. Recemos para que sigan creciendo.

jueves, 7 de febrero de 2008

Estos vampiros no pasan frío


Desde que Bram Stoker diera vida en su novela de 1897 al majestuoso conde Drácula, amo y señor de los vampiros, los chupasangre han pasado de ser únicamente mitos y cuentos populares a erigirse como algo más: las criaturas del mundo del terror por excelencia. Da igual quién o qué se les ponga por delante: hombres-lobo, humanos armados de metralla hasta los dientes, frankensteins… solamente las balas de plata y los rayos ultravioleta les enviaban definitivamente a la fosa. Y por desgracia, en el pueblecito de Alaska donde se desarrolla 30 Días de Oscuridad, la luz solar hiberna durante un mes y lo convierte en el escenario perfecto para la cacería de una manada de vampiros modernos y sedientos.

Y digo modernos porque en esta ocasión se olvidan de su cautela y secreto históricos y se convierten en asesinos despiadados, con colmillos afilados como puñales arábigos, tez mortecina al estilo Nosferatu y una dicción realmente escalofriante. Eso por no mencionar unos globos oculares inyectados de sangre y un olfato de auténtico sabueso depredador. Vamos, verdaderas máquinas de perforar cuellos. Atrás quedan la estupidez y el bailoteo de los ridículos currantes del bar La Teta Enroscada (¿alguien dijo alguna vez que los actores son lo más importante de una película?) o la excesiva humanidad de Entrevista con el Vampiro, aunque Dios me libre de meterme con esta última obra maestra. Se acabó el fingir, ahora van en serio.

Menos mal que aún nos queda el bueno de Josh Harnett, sheriff local, para enfrentarse a semejantes criaturas. En pocas horas, la aldea se convierte en una jaula mortal de donde no se puede escapar por la inexistencia de transporte y en donde es igual de difícil esconderse que ver a Harnett poniendo cara de espanto, enojo o disgusto. Suficiente actuación la de uno de los niños más mimados de Hollywood, que sin embargo deja entrever algunos fallos innatos que difícilmente podrá solventar. Aunque bueno, lo positivo de esto es que al menos no peca de sobreactuar.

El frío pasa y los vampiros no dejan de comerse a los lugareños, algunos de los cuales consiguen el enorme privilegio de convertirse en uno de ellos (¿a quién no le gustaría ser vampiro de mayor?). Harnett, impertérrito, saca la Smith&Wesson y guía a los sobrevivientes a través de la nieve y el temor general. El amor de nuestros amigos por los glóbulos rojos crece por momentos, así como los miembros de su macabro ejército. Ellos aumentan en número, los buenos disminuyen, ley intrínseca de toda película invasionista que se tercie.

Además estos vampiros hablan latín (o algo parecido a gemidos guturales) con un tono de voz rasgado de ultratumba que ciertamente impresiona. Oscuridad total durante 90 minutos, haciendo honor a su título, y grandes momentos de tensión, alguno de ellos indeleble (las niñas pálidas siempre me han acojonado). ¿Qué más se puede pedir? Bueno, yo pediría a Salma Hayek bailando con una pitón enroscada en la cadera y el muslamen, aunque sería mezclar demasiadas cosas. Ya tenemos aquí a Melissa George, amiganovia de Harnett en el film, que si no fuera por tanta prenda y anorak que lleva encima la devoraría yo mismo.

Buena película, original guión, constante angustia, gran maquillaje y terrible vampirismo. 30 días de oscuridad. Qué miedo.

domingo, 3 de febrero de 2008

Monstruos de feria


J. J. Abrams visitó Tokio hace un año con su hijo y en uno de sus paseos observó que el merchandising de Godzilla aún inundaba las tiendas niponas. El colosal monstruo se había convertido en toda una referencia cultural japonesa, un símbolo representativo de una parte de su historia en la que el pánico nuclear y el miedo a la destrucción devoraban el día a día de los ciudadanos. Este miedo alcanzó cotas desmesuradas llegando incluso a apoderarse del cine, que se convirtió en una metáfora del pavor civil. Así nació Godzilla, así nació el mito de los gigantescos monstruos destructores de rascacielos. Y así nació Monstruoso (infame traducción de Cloverfield), por envidia sana de Abrams, que veía como sus adorados Estados Unidos no tenían su propio engendro devastador.

Abrams pensó que King Kong, Tiburón y Alien no habían cumplido el requisito básico para que una criatura se inmortalizara en mito: destruir Nueva York. La versión americana (y cansinamente patriótica) de Godzilla en 1998 resultó un sonado fiasco, por lo que se puso manos a la obra para diseñar su criatura prototipo, cuántos edificios logrará derrumbar de un soplido y la cantidad de misiles que soportará en su chepa. No es malo el planteamiento, aunque sí es algo decepcionante el resultado. La bestia de Monstruoso es descomunal y aterradora, pero no goza de un diseño excesivamente original y más bien se podría deducir de una fusión de bosquejos de varias otras, como los alienígenas de Independence Day por ejemplo. Sí, vale que muerda, que tenga a su disposición a todo un ejército de parásitos carnívoros y la fuerza suficiente para arrancar de un mordisco la cabeza de la Estatua de la Libertad, pero le falta la guinda. Se hecha en falta una forma especial, el carisma propio de los monstruos del género.

Pero siendo indulgente y dejando de lado el hecho de que la película no consiguió impactarme (profundo dolor el mío), podría destacar que su trama presenta una potable mezcla entre el amor y el caos. Qué raro, pensarán algunos. Pues realmente es de esta manera como se desarrolla el film, grabado desde la perspectiva de una videocámara. Un grupo de jóvenes celebra la fiesta de despedida de un amigo, enamorado hasta las trancas de una compañera de la infancia de la que se despide de malas maneras en la reunión. Una brutal explosión sacude el bloque y nuestro adorado monstruo comienza su destrucción particular de Nueva York (lo que ha sufrido esta pobre ciudad). En medio del desconcierto y el derrumbe general, Rob, el protagonista, decide ir en busca de su chica acompañado de otros tantos colegas. El viaje por las calles de la ciudad será un auténtico desafío de supervivencia, huyendo del bicharraco y sus entrañables hijitos hambrientos. Por experiencia diré que a Abrams le vuelve loco este cóctel amor-suspense-caos, pensando que le da un mayor realismo al producto. No hay más que ver 3 capítulos de Lost y sus vaivenes argumentales.

Los efectos especiales, simplemente inocuos. Los desplomes de pedazos de inmueble son excepcionales, amén de la puesta en escena de la criatura cuando se aprecia de lejos. El problema llega cuando el plano se acerca al monstruo o a los parásitos, donde mi incorregible visión perfeccionista ve una digitalización excesivamente notoria. Esto se intenta corregir con una oscuridad constante (excepto los 10 minutos finales) con relativo éxito, aunque los que valoran solamente la estampa catastrófica de la ciudad quedarán bien saciados.

Monstruoso es el mejor ejemplo de cómo una campaña sublime de marketing viral (con vídeos para entrar en calor en todos los idiomas) puede no originar una película perfecta aunque sí notable. La expectación que levantó Cloverfield en los Estados Unidos ni tan siquiera huele el rebufo que causó en España, hecho que probablemente se traducirá en las taquillas. Aquí no nos va eso de los monstruos gigantes, nos contentamos con los humanos mutados que sienten una especial predilección por la carne fresca. Y si no que se lo pregunten a [REC] (tarde o temprano tenía que salir). Aún así, un diez para el bombardeo publicitario de Monstruoso a nivel global. Es una pena que este afán publicitario se desarrolle también durante el propio transcurso de la película, donde serán abundantes las referencias a Nokia y sus productos más actuales.

En fin, el monstruo de feria de J.J. Abrams es pasmoso y altamente estimulante en el momento en que uno devora con ansia los primeros minutos del film, lástima que el éxtasis se vaya deshinchando con el paso del tiempo. Será una de esas obras pendencieras, peleonas en las críticas pero frágiles en la memoria, definido por muchos como cine palomitero. Y yo me compré un cucurucho pequeño...

viernes, 25 de enero de 2008

Los hombres de Paco y su involución



Casi novecientos días después de su estreno, con más de cincuenta episodios a sus espaldas y un elenco de actores que se antoja exquisitamente cómico, los compinches de Paco Tous (bueno, sus guionistas) han decido tirar por la borda todo el esfuerzo empleado para convertirse en líderes de audiencia en el prime time del día de su emisión. De nada sirve que Michelle Jenner siga siendo la “lolita de la tele” y que Hugo Silva continúe desatando suspiros sexuales entre las adolescentes, ya no son incentivos suficientes para imantar a su audiencia y la muerte se aproxima. Ya se huele la putrefacción incluso antes de la descomposición, cosa mala para los aristócratas fieles a la serie.

Sentencian los sabios teleadictos que la excelencia de una serie no es perpetua, se marchita con el paso del tiempo y su trayectoria es en espiral, como si su destino estuviera irremediablemente avocado al fracaso. Esto puede darse, por ejemplo, cuando el guión se repite hasta la saciedad y hastía a los espectadores, cuyo número irá disminuyendo poco a poco en proporción a su nivel de hartura. Pero éste no es el caso de la serie de Antena 3, especialista en inmolar productos para alcanzar el éxito a toda costa (que se lo digan a Jack Bauer…), sino que su problema es más interno, de carácter quasi-filosófico. En fin, que se ha convertido en un dramón pastelero, con síntomas que atufan a suicidio implacable.

Las carcajadas que antes provocaban las irrisorias situaciones vividas por Paco y sus hombres han sido sustituidas por bostezos, llantinas y otras sensaciones difícilmente descriptibles con palabras, aunque desgraciadamente todas desembocan en la decepción. Digamos que, con su giro radical, la producción ha mutado en una telenovela made in Colombia, solo que en ésta nadie se llama Carlos Alfredo ni los glúteos de sus protagonistas femeninas están tan morenitos ni tan tersos. Además, se aprecia una ligera y penosa tendencia a imitar series yankis. ¿Qué hacen Povedilla y Lucas tanto tiempo en la cárcel para su misión? ¿Y por qué cojones tienen que quedarse ahora a defender al comisario? Esto no es Prison Break, cada uno a lo suyo.

Dudo si esta involución estará ligada a la impericia de los guionistas, cosa que me extrañaría echando un vistazo a los primeros capítulos de la serie y sus datos de audiencia, aunque lo que realmente demuestra es que el humor español está desapareciendo. ¡Ay, qué habrá sido de los clásicos humoristas que nos deleitaban con sus sketches y su salero propio! Ahora todo es humor inteligente, sátiro, verde, censurado, premeditado, irónico, racial, sarcástico o envenenado. ¡Queremos más humor estúpido, absurdo y sin sentido alguno! Si la fórmula funcionaba… ¿Para qué cambiarla? ¡Como esto siga así, ya sólo nos quedarán el jamón y las sevillanas!

jueves, 27 de diciembre de 2007

Will Smith ya es leyenda

El austriaco Francis Lawrence llega a las pantallas por Navidad y nos trae Soy Leyenda, un regalo de gran categoría y que nada tiene que ver con sus anteriores producciones: Constantine y numerosos videoclips de Jennifer Lopez y Britney Spears. Sí, no miento. Así que si uno es de los que estudia el currículum del director antes de ver una película mejor no prestar demasiada atención esta vez o se perderá un buen film, atractivo y ameno, dedicado a aquellos seguidores de ese género híbrido que fusiona terror y ciencia ficción.

Se ha comprobado que generalmente las películas con un escaso reparto de actores están algo subestimadas, quizás porque los espectadores asocian la idea de un gran plantel a un guión completo y muy elaborado. Sin embargo, es precisamente en ellas donde se aprecia su auténtica capacidad para seducir al público y adherirles a la butaca, ya sea por una historia fascinante o un transcurso rápido y con gancho. Es el caso de La Huella, El Resplandor, El Pez Gordo, Señales y otras muchas perlas, aunque en nuestro último caso, Soy Leyenda cumple al pie de la letra esta premisa.

La introducción del metraje es desolador. Will Smith, con el tono de voz cambiado para no darle ese toque cómico innato, encarna al teniente coronel Robert Neville, uno de los últimos supervivientes del planeta tras la propagación del virus Kipprin. Él y su perra Samantha viven en una Nueva York destrozada y desértica, con la única compañía de la fauna salvaje y unos mutantes nada cariñosos con la sangre fresca. Gracias a Dios la película va al grano y se centra en el día a día de Neville y Samantha sin profundizar en el origen del virus, haciendo que solamente se conozcan las causas del apocalipsis en pequeñas y repartidas dosis.

Este aspecto marca de principio a fin el desarrollo de la trama, concentrando todo su guión en el transcurso de 3 o 4 días que marcarán el resurgimiento o el fin de la raza humana. La puesta en escena de Will Smith es bastante aceptable, en contraposición de lo que en un principio creía. Su talento cinematográfico es evidente y sus éxitos indiscutibles, pero seguramente no es el más adecuado para desempeñar el papel de Neville, un hombre que coquetea con la locura y la paranoia en sus diálogos con los maniquíes y su mascota y que en la interpretación de Smith da la impresión de estar simplemente aburrido.

Iluminación, la adecuada. La mayor parte del tiempo transcurre de día y en plena calle, ya que las zonas oscuras están habitadas por aquellos seres mutantes devoradores de carne. Pero, claro está, en el desenlace se resolverá la lucha de Neville contra las criaturas durante la noche y se incluirá algún detalle que no terminará de convencer, como la increíble dureza de las puertas de cristal de su laboratorio doméstico. Con todo ello la película no es en absoluto lenta ni repetitiva, sino que va alimentando su continuidad con momentos de suspense, tensión y drama, otorgándola de una gran versatilidad.

Gran adaptación de la novela I Am Legend, escrita por Richard Matheson en 1954. Esta versión supone la tercera adaptación cinematográfica tras El último hombre sobre la Tierra (1964) y El último hombre vivo (1971), ambas con discreto éxito. La que ahora nos atañe, a pesar de contar con un presupuesto enorme y una fotografía grandiosa, tampoco llegará a convertirse en un mito del cine de ciencia ficción, pero sí será una película que tendrá una notable acogida en la taquilla por dar ese morbillo de ser tan catastrofista.

lunes, 3 de diciembre de 2007

La habitación de King


La mente de Stephen King está absolutamente enferma. Tiene vida propia, actúa por su cuenta, crea huyendo del raciocinio y transforma la realidad, como una voz nacida de la esquizofrenia a la que se le otorga una figura, una sombra. Poder, al fin y al cabo. Y con poder se puede hacer todo. “En este mundo si consigues el dinero consigues el poder, y si consigues el poder consigues a la chica”, decía Al Pacino en Scarface. Ésa es precisamente la mayor virtud del escritor de Maine, fabricar éxitos con esa prodigiosa imaginación de ultratumba.

Después de joyas como El Resplandor, Carrie, It y Misery, llega a nuestras pantallas 1408, otro de esos productos basados en best sellers escritos por autores de renombre. Empiezo a plantearme seriamente la idea de que los guionistas de la meca del cine están perdiendo ingenio y chispa. La fuente de ideas se está agotando, y cada vez son más frecuentes los recursos de adaptaciones de videojuegos o cómics con fama mundial (que según los más puristas son el anticristo de la educación) y las secuelas inertes y planas. Pero mientras quede salsa en el plato mejor seguir rebañando y disfrutar como se pueda. Así, 1408 se presenta como una película dedicada a los amantes del terror psicológico, ese que deja a un lado los sustos para crear una atmósfera un tanto incómoda y demente.

Michael Enslin, protagonista en la novela e interpretado en la película por un sobrio John Cusack, es un novelista de terror que no cree en los fenómenos paranormales. Frustrado por ello, su principal dedicación es buscar lugares que le abran los ojos con una experimentación directa del miedo. Mansiones abandonadas y lúgubres dormitorios en albergues de carretera son algunos de los más frecuentados, pero todos con idéntico resultado. En este percal recibe un día la llamada de uno de sus contactos en New York, que le aconseja hacer una visita obligada a la habitación 1408 del Hotel Dolphin. Allí, el gerente Gerald Olin, interpretado durante 10 minutos por Samuel L. Jackson, (menudo papelón…) intentará convencer a Enslin de no alojarse en la estancia maldita donde han muerto más de 50 personas, aunque sus deseos caerán en saco roto.

Acompañado siempre de su grabadora, Enslin reserva una noche en la siniestra habitación decorada por King, a la que el director Mikael Hafstrom le dota de una excelente apariencia fúnebre. En todo momento desprende esa desagradable y a la vez suculenta sensación de locura, de expectación por saber hasta qué punto puede llegar la perturbada creatividad de King y atraparnos dentro del cuarto con Enslin. Entre sus cuatro paredes se desarrolla durante una hora un miedo especial, sin sangre, sin vísceras. Quien se siente a verla que no espere aullar de pánico, porque eso no es lo que pretende.

La ambientación es magnífica, bien alimentada por unos cuantos efectos especiales que unidos al atractivo planteamiento dotan a la película de una notable continuidad. Sin embargo, algo falla. No es la interpretación ni el guión, sino el último bordado, el que busca perfeccionar la obra eliminando todos los flecos. Le falta chispa, un poco más de tensión. Supongo que la historia original de King será mucho más poderosa, quizás porque las letras regalan al lector la capacidad de imaginar y recrearse sus propias paranoias, lo que permite a la novela jugar siempre con algo de ventaja. Además el final es un tanto descafeinado, que no predecible, y más de uno acabará decepcionado por los últimos diez minutos.

1408 es uno de esos claros ejemplos de películas por las que nadie pagaría para ir al cine pero que todo el mundo bajaría del emule para ver (el pirateo está a la orden del día, que nadie se asuste de lo que acabo de decir). Probablemente el guión original de Stephen King se mereciera aún más, pero en general el film reúne las características idóneas para verse a las 3 de la mañana en casa, solo, con un refresco, para después irse a dormir sin exceso de desengaño. Los amantes del terror te queremos, Stephen.

martes, 27 de noviembre de 2007

[REC] o la cafeína cinematográfica

Cuando se cumplen las expectativas que un cinéfilo tenía depositadas sobre una película, en el mismo momento en el que llegan los créditos y queda extasiado le da igual el resto del universo. En su cabeza relampaguean constantemente imágenes del film, sus escenas cumbre, sus diálogos más simbólicos. Si a este bombardeo de fotogramas mentales le inyectamos una dosis desproporcionada de terror y angustia obtenemos la noche después de ver [REC], ese producto que conmocionó a la audiencia en el Festival de Sitges e hizo apartar la mirada de la pantalla a más de uno.

Si en sus diez primeros minutos [REC] da la sensación de que vaya a convertirse en una hora y media de tedio, durante el resto de la película borra de un plumazo las caras de decepción de aquellos que ya se arrepentían de haberse dejado un puñado de euros en semejante bodrio. “Joder, acabo de desperdiciar 7 cañas”, pensarían muchos. Pero lo que no tenían en cuenta era una ley natural que reza que no se debe subestimar aquello que uno desconoce, o acabará por venirle demasiado grande. Así se sucedió la película, con un tono ascendente que desemboca en veinte minutos finales de auténtico pavor.

Pero vayamos por partes. Ángela, periodista de un canal de televisión local, y su compañero Pablo como cámara se encuentran realizando un reportaje sobre el cuerpo de bomberos de Barcelona. La noche transcurre tranquila y aburrida hasta que una llamada les lleva a un edificio en el corazón de la ciudad, donde descubren las quejas de una comunidad de vecinos por los chillidos de una anciana en el segundo piso… y comienza el minuto 11. Y con él llega la oscuridad, los giros de cámara asfixiantes, los gritos, los mordiscos y los respingos. Los pitillos que se estaban fumando los quinquis de la última fila se apagan con un gemido ahogado. “Que no me vea la novia”, pensarían ahora. Pero ya era tarde, se habían sentado y respiraban, se habían convertido en un espectador más, susceptible de no dormir esa noche por la conmoción.

Porque si algo hay que destacar de [REC] es, sin duda, el agobio y la claustrofobia que transmite. Los personajes son enormemente creíbles y cualquiera estaría familiarizado con ellos: Un argentino excéntrico, una pareja de abueletes con ligera chochera, una familia china que no sabe prácticamente nada del castellano… En fin, la historia podría desarrollarse en nuestro bloque de al lado. Además, el edificio ya de por sí es tétrico, antiguo y que invita a no alquilar jamás una habitación en él. Todos los factores se orquestan fabulosamente, incluso tendrán el poder de sugestionarnos hasta tal punto que nos convertiremos en propios actores, mordiendo a nuestro vecino de butaca en medio de un aullido o clavándole las uñas hasta el cúbito.

Los efectos de luz, a diferencia de Holocausto Caníbal y El proyecto de la Bruja de Blair (precursores del cine de terror en perspectiva de primera persona), son sublimes y siempre en su justa medida. Los planos no son ni descaradamente oscuros como para dejar implícita la tensión del momento ni excesivamente iluminados para no mostrar los posibles deslices en el maquillaje. Los sobresaltos serán una constante y en ningún momento sabremos cuándo daremos el bote de manera exacta, lo que le da un toque permanente de emoción o de intranquilidad, según se vea.

En definitiva, [REC] se ha consagrado como la mejor película de terror española de todos los tiempos y poco, muy poco, le falta para alcanzar el oro a escala mundial. Parecerá una exageración, pero todo es cuestión de gustos e impresiones. Su soplo de aire fresco al género, que bien lo necesitaba, y la perfecta interpretación de su plantilla de actores lo dota de unos rasgos soberbios. Tanto es así que su guión se ha convertido en carne de cañón en el mercado cinematográfico. Hollywood ya ha comprado sus derechos para hacer un remake (cuyo nombre será Quarantined) y los asiáticos apostaría el tabaco de un mes a que se lo están pensando. Olé, olé y olé.